miércoles, 1 de agosto de 2012

** PRIMERA PARTE, CAPÍTULO 3: EL TRANSASYA EKSPRESI - DÍAS 02, 03 Y 04 DE NOVIEMBRE - 2011 **


capítulo 3 – el transasya ekspresi   

        ** 04 DE NOVIEMBRE ** (Haz click aquí para mapa de ruta)


CARTEL DE LA RAMA IRANI DEL 'TRANSASYA'

Aunque los billetes y las guías de ferrocarriles se refieren a nuestro departamento como de ‘literas’, lo cierto es que no tiene nada que envidiar a los de los coches camas. Amplio, confortable y cálido, voy a compartir este espacio con dos simpáticos suizos. Las comidas, elementales pero sabrosas, son servidas en el departamento por un precio que mueve a la risa. Una maravilla para cualquier viajero.


DEPARTAMENTO DEL COCHE IRANÍ



 En Kapiköy, mientras nos rellenan los pasaportes, una locomotora iraní  releva a la turca, y al acoplarse por cabeza el sonido del motor ‘645’ de G.M. llega de forma inconfundible hasta mis oídos… no puedo dejar de preguntarme qué hace una chica de Illinois en un sitio como éste. Vaya paradoja. Poco después, con las primeras luces del alba y en un escenario más alpino que cualquier otra cosa, llegamos a un lugar donde los uniformados iraníes nos recogen la documentación, y seguidamente, y durante un trayecto de unos treinta kilómetros –exactamente hasta Razi, estación que hace las veces de frontera del lado iraní-, comienza uno de los descensos ferroviarios más audaces y salvajes de  los que yo recuerdo en mi dilatada experiencia de viajes por ferrocarril a lo largo y ancho de este mundo. 


La línea sólo puede progresar a través de continuos repliegues y larguísimos túneles en curva, hasta que una variante sobre el trazado antiguo –más retorcido si cabe- nos lleva a volar sobre el profundo lecho del río que veníamos siguiendo (eso sí, con una apreciable diferencia de cota) mediante un viaducto mixto de metal y hormigón de una altura imposible. Sin duda, uno de los trazados de ferrocarril más espectaculares del orbe, enmarcado por unos paisajes que uno asocia a otras zonas del planeta, tal vez el Hindu – Kush. La obra de ingeniería sólo es comparable a la de algunas líneas de los Alpes, como la ruta del BLS suizo en su bajada hacia Visp tras abandonar el antiguo túnel de Lotschberg, pongo por ejemplo. Para mayor sorpresa, nuestro tren se permite desarrollar una respetable velocidad en la bajada.

ESTACIÓN DE TABRIZ
 En Razi, los amables y simpáticos guardias iraníes (estas dos características, amabilidad y simpatía, van a ser una constante a lo largo de mi estancia en el país) nos devuelven sin más los pasaportes sellados. Ni un registro de equipajes, ni un formulario que rellenar… nada. Tan sólo algún sonriente funcionario con pocas ganas de molestar, ha echado un par de vistazos al departamento. Con ello, me han ahorrado la incómoda pregunta, típica de los formularios en este país -‘¿ha visitado Vd. en alguna ocasión la Entidad Sionista?’- en la que, inevitablemente, habría tenido que mentir, faltando a la declaración jurada. No recuerdo un cruce de fronteras por ferrocarril en los países calificados de ‘difíciles’ para tales menesteres (como Rusia, China, Kazajstán,…) resuelto con tanta facilidad.

Franz y Steven se despiden de mí en Tabriz, con lo que tomo posesión del departamento cual rey asirio. Al alejarnos de la estación de esta ciudad, mis entrenados ojos se han dirigido hacia la lejana silueta de uno de los afamados turbotrenes de ‘Raja Railways’. Será la única vez que tenga ocasión de contemplarlos, joyas de la corona de los ferrocarriles persas. 

ATARDECER EN EL GRAN LAGO SECO DE ORUMIYEH


El tren atraviesa parajes nevados, de áspera geografía. Desfilan delante de la ventanilla Ajabshir, Maraghegh,… y a partir de algún lugar más allá de Miyaneh, ya en plena oscuridad, se lanza a desbocadas carreras por el altiplano. Desde luego, mucho más rápidas que las de su hermano turco. Y eventualmente, alcanzamos Teherán al filo de la medianoche, con tan sólo seis horas y media de retraso.



         ** 03 DE NOVIEMBRE ** (Haz click aquí para mapa de ruta)


LOCOMOTORAS DIESEL EN ELAZIG
Una noche ruidosa. Ilker y sus ronquidos rivalizaron seriamente con nuestra locomotora, con el motor rugiendo al máximo de sus posibilidades durante buena parte de la ruta, que adivino por ello bastante dura. Un evidente fallo en el regulador del motor diesel convertía el lejano zumbido en una suerte de ronroneo acompasado, casi rítmico, que habría invitado al sueño si no hubiera sido por la ruidosa comparsa de mi amigo turco.

PAISAJE DESDE EL TREN


    Me despierto en Elazig, con más de media hora de retraso sobre la marcha prevista. El iraní de impronunciable nombre se cambió ayer de departamento, con lo cual viajamos compartiendo espacio Ilker, Ibrahim (el otro joven iraní) y un servidor. Durante las horas siguientes, la ruta se ciñe a lagos y ríos, encajonada en la mayoría de las ocasiones, u horadando las montañas mediante largos túneles en algunas otras en las que el radio de los meandros de los ríos se hace imposible para la progresión de la traza ferroviaria. En muchos puntos, los cursos de agua se salvan mediante otros tantos puentes de cajón metálico tipo ‘Pratt’, que casi sorprenden por su aparente fragilidad. El paisaje es como el que uno se espera de esta parte del país: duro, áspero y salvaje. La velocidad no va más allá de los 50 km/h casi en ningún momento, ni siquiera cuando por fin salimos a un abierto valle, ya en las cercanías de Mus. Desde luego, el carril de barra corta sobre traviesas metálicas no creo que pueda permitir mayores alegrías.

Antes, en Genç, he observado la presencia de unos cuantos uniformados fusil de asalto en mano, patrullando a lo largo de los andenes. Interrogados mis compañeros sobre si ello se debe a que nos encontramos en zona de influencia kurda, me responden algo incómodos que geográficamente el Kurdistán sólo se encuentra en Irak e Irán, pero no en Turquía (!!), e insisten en que los soldados están para ‘asegurar nuestras futuras pensiones’. El ambiente se relaja, y aprovecho para explicarles de la forma más amena que puedo cómo funcionan los sistemas de seguridad en los trenes, cuando de repente y con gran estrépito, estalla la luna de la ventana del departamento a continuación del nuestro, dejando a dos alemanas bastante jóvenes, bastante guapas y bastante pedantes sin espacio digno habitable y cubiertas de pequeños fragmentos de vidrio. Nada que el ágil interventor turco no logre resolver.

EMBARQUE EN TATVAN

Llegamos a Tatvan tras un bonito descenso entre montañas nevadas, y tras una maniobra de retroceso, nos situamos en el puerto. Sólo el vagón de equipajes (que aloja unos cuantos quintales de material para la práctica del tenis, pertenecientes a un simpático matrimonio inglés de avanzada edad, que viajan a Irán con la sorprendente idea de montar una escuela para la enseñanza de tal disciplina deportiva) viaja en el barco, junto con algunos vagones de mercancías. Y adivino que el lago debe ser bonito, porque cuando embarcamos con 90 minutos de retraso, es completamente de noche. 

 La nave en la que cruzaremos el lago bajo una impertinente agua-nieve -que por momentos se ha transformado en espesa nevada- aparece desvencijada, corroída por la elevadísima concentración de sales de estas aguas, que no hace posible la vida en ellas. A veces he tenido la incómoda impresión de que si la tempestad hubiera sido más seria, nuestros huesos habrían terminado irremediablemente en el fondo de este enorme charco, junto con los despojos del cascarón en el que viajamos. Antes de partir, se despide Ilker, que volverá a Ankara en el mismo tren que acabamos de dejar, debido a un cierto problema con su madre, según me explica. En su aceptable inglés, me ha relatado una vida llena de dificultades durante estos dos días, aunque en lo de que está amenazado de muerte en Turquía, seguro que exagera. Le deseo la mejor de las suertes en el viaje de vuelta, y para el porvenir.

COMPOSICIÓN IRANI EN EL PUERTO DE VAN
  Tras una tediosa e inquietante travesía de casi cinco horas, nos toca esperar una hora más en el barco –se nos impide abandonarlo con gestos claros y expeditivos-, dado que la rama iraní circula con retraso. Cuando por fin llega, y tras un primer control de billetes y una rápida limpieza del convoy, descubro con placer lo auténtico que puede ser este tren persa: los coches son cualquier cosa menos modernos, rezuman vapor de la calefacción por los cuatro costados... y, sin embargo, con todo ello y con su interior tapizado con pesadas alfombras  de claras reminiscencias orientales, presenta el sabor puro de unos trenes que en occidente arrinconamos hace tiempo. Siento que el viaje de verdad empieza en este lugar y en este momento, mientras nos ponemos en marcha hacia la estación de la ciudad de Van, que no hace ni diez días enterraba a varios centenares de sus hijos, machacados  por un inmisericorde terremoto…



        ** 02 DE NOVIEMBRE ** (Haz click aquí para mapa de ruta)
                                                                                                                                               


El departamento de 4 literas en el que viajo es amplio y funcional, muy semejante a la ‘Kupéiny Klasse’ de los coches camas rusos, pero más moderno, más cómodo –los coches van equipados con excelentes bogies de confort-, y con regulación individual de la temperatura. En Ankara, el departamento se llena, y mis nuevos compañeros de jornada son dos jóvenes iraníes de Tabriz y Tehran, y un turco de avanzada edad. Los demás ocupantes de nuestro coche son turistas europeos en buena parte, que exploran como yo esta audaz ruta. No es ninguna sorpresa que no se encuentre ningún norteamericano entre ellos.                                                                             
                                                                                                                                                                                                      


Nos abandona la locomotora nipona que nos remolcó desde Estambul, retirándose al depósito entre composiciones de trenes YHT de alta velocidad, y se sitúa en cabeza una nueva locomotora GM, que a veces se va a ver en dificultades para afrontar su misión, a pesar de remolcar una composición de siete coches (cinco de ellos de viajeros, más el furgón de equipajes y el furgón generador, que la libra de la carga de suministrar energía de calefacción). Porque la dura orografía de esta parte del país, al este de Ankara, se torna abiertamente desfavorable para el tendido de líneas férreas. La naturaleza arrugada y reseca del territorio de esta escarpada área de Anatolia hace que la línea se pliegue en las rampas y en los descensos muchas veces sobres sí misma, con lo que a pesar de tratarse de carriles soldados sobre traviesas de hormigón, los radios de curva son bastante reducidos, y las velocidades que ello permite oscilan entre los 50 y los 80 km/h, calculo.

ATARDECER EN ANATOLIA
 El panorama que ofrece a la vista de los viajeros este paisaje es desalentador, casi hostil. La ausencia de árboles es una constante. Sin embargo, ante mis ojos se muestra de una belleza sobrecogedora,  bíblica, mientras de forma constante llega el sonido del motor diesel llevado a su punto máximo de revoluciones.

La noche cae pronto sobre el Transasya, que ha acelerado algo su marcha, en un marco de elevadas montañas oscuras de fondo. La vida se concentra en el restaurante, donde comparto varios çay (té) con Ilker, el turco, que resulta ser un farmacéutico de Ankara que se dirige a Irán comenzar una nueva vida. Y tras la cena, con el fondo de risas ruidosas de un animado grupo de muchachas iraníes (añado que sin pañuelo en la cabeza… sólo habrán de ponérselo al cruzar la frontera), llegamos a Sivas, a medio camino entre Ankara y la orilla occidental del lago Van. Es hora de retirarme a mi confortable lecho sobre ruedas.


▲▲▲ capítulo 3 – el transasya ekspresi

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